Todos necesitamos ayuda, y yo me deshice de mi salvavidas cual maltratador abandona a su perro, persiguiendo la absurda idea de que dejarme llevar por las olas sería más divertido y de que necesitaba valerme por mí misma. Pero no recordé las tormentas, ni aquellos monstruos marinos fruto de nuestro perverso remordimiento y conciencia, aquellos son los peores monstruos.
Quizás consigas escapar, tal vez incluso consigas llegar a tierra firme, pero no se detendrán, optarán formas terrestres, quizás humanas y no dejarán de atormentarte.
Pero ese salvavidas al que en su día renunciaste seguirá varado en el mar, y encontrará a quién salvar. Mientras, solo podrás limitarte a observar y en apreciar lo feliz y segura que está aquella persona, mientras huyes de tus miedos y de tus actos, mientras tu cuerpo ha sido recubierto por un manto de espinas desgarradoras que no permitirán que te salves nunca, nunca más.
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