En aquella noche lluviosa solo podía recordar tu voz. Cada
charco que pisaba salpicaba tu olor, cara muro en el que me apoyaba parecía tu
pecho. Deja de seguirme.
Llegué a aquel bar, aquel que nunca me llegaste a enseñar y
me senté, pasé toda la noche y no pedí nada, no hablé con nadie, no hice nada.
Cuando cerraron me dirigí a mi casa, bueno, en realidad
quería hacerlo, porque mis piernas me llevaban a la tuya. Había perdido el
control sobre ellas. Casi quería llorar y al hacerme la idea de que quisiera o
no, llegaría a tu casa. Empecé a inventarme excusas, pero mi cabeza también se
había puesto en mi contra y solo decía “te quiero, te echo de menos, lo siento”
una y otra vez.
Y finalmente llegué, llegué a tu casa. Pero no abriste tú.
Lo hizo aquella hermosa chica del cabello castaño, aquella de la que tanto me
habías hablado en su día.
Mis piernas volvieron a ponerse en contra, no caminaban,
pero yo quería huir.
Al final, sin haber pronunciado palabra, aquella chica te
llamó asustada, y una vez había apartado
su vista de mí, pude correr. Corrí como nunca lo había hecho, me tropecé, me
caí tantas veces que perdí la cuenta, lloré… Parecía que el cielo lloraba
conmigo aunque la tormenta que se respiraba en la calle no se asemejaba a la
que se debatía en mi interior. Y, aquella noche, morí. Por fin lo supe, sin ti
no había otro fin. Y morí, lo acepté, dejé de existir en mi interior, dejé todo
lo que fue de mí en tu puerta, yo nunca lo recogí y supongo que tú nunca advertiste
que todo lo que en su día fui, se quedó ahí, contigo.
Y muerta y sin alma llegué a mi casa, empapada pero no me
importaba.
Me metí en la cama y todavía conservaba el olor de la
colonia que te regalé, y no pude aguantarlo, otra vez volví a llorar.
Los días se tornaron grises e insípidos, sin motivos por los
que volver a ponerme aquella camisa que me quedaba tan bien o de soltarme el
pelo tal y como me gustaba que se quedara. Dejé de tener ganas de comer,
incluso de respirar. Únicamente tenía ganas de ti.
Y cuando ves que todo pierde sentido llega el día en el que
te vas a dormir, y no vuelve a haber un día nuevo, no vuelves a abrir los ojos.