Se veía realmente en su mirada que aquella niña albergaba la esperanza de que esa "segunda oportunidad" le pudiera ser concedida. Realmente lo esperaba. Pero realmente sabía que no sería posible.
Por fin lo sabía con certeza, y en ese momento no derramó ni una sola lágrima, pero sí se le desprendió una parte de ella. Sería solo el principio, acabaría derrumbada, acabaría desvanecida, olvidada.
"Prometo no herirte, prometo no lastimarte. Prometo quererte a ti más de lo que yo me pueda querer en toda mi vida. Prometo días inolvidables, llenos de risas, de amor, de caricias..." se decía la niña.
"Cállate", contestaba la cabeza. "Entiende que quizás sea lo mejor. Habla con corazón y dile que deje de doler, que no necesitamos a nadie que nos sane, que somos fuertes, que avanzaremos hasta donde podamos y que cuando estemos exhaustos, dejaremos de sentir de verdad".
En ese momento, cuando asumió la realidad, sí que derramó una lágrima.
Y fue ahí, dejó de ser ella.
Cambió. Creció. Dejó de sentir.
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